miércoles, 11 de febrero de 2009

Cultura: Entrevista con la escritora María Fernanda Heredia

Cultura: Entrevista con la escritora ecuatoriana María Fernanda Heredia

“Quiero que los libros tengan un sentido más allá de la lectura, que puedan transformar a quien los lee.”

La escritora María Fernanda Heredia nació en Quito, Ecuador, en 1970.
Con su novela Amigo se escribe con H -una conmovedora historia sobre la amistad, el amor y la memoria-, ganó el Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y Juvenil Norma Fundalectura 2003.
Invitada por el Grupo Editorial Norma, Heredia visitó Argentina durante 2008 para encontrarse con los lectores argentinos.
En esta entrevista, la autora reflexiona sobre el trabajo del escritor, la infancia y la literatura. Y dice que en su escritura siempre están presentes el amor y el humor, los únicos recursos que le salvaron la vida.

-¿Cómo llegaste a la literatura para niños?

-Llegué de casualidad. Nunca tuve la intención de escribir para niños. Yo soy diseñadora gráfica y durante muchos años trabajé en diseño y publicidad. La idea de trabajar alrededor de la palabra no estaba en mis planes.
Sin embargo, la primera aproximación a la literatura infantil fue a través de un amigo, quien decidió proponer a una editorial un proyecto sobre una revista de literatura infantil.
Me propuso que me encargara de un segmento de la revista que se llamaba “Historias sin palabras”, para contar una historia en cuatro cuadros y me dio un plazo de quince días.
Transcurrió el plazo y yo había hecho cientos de cuadros que no contaban ninguna historia… un desastre. Avergonzada, fui a pedirle que me disculpara porque no había podido cumplir con el objetivo. Él se puso muy molesto y en ese momento ocurrió el milagro: mientras estábamos discutiendo recibió una llamada a la que atendió muy mal. Yo le pregunté si había pasado algo y me respondió que la persona que iba a escribir el cuento para niños acababa de echarse para atrás porque no lo había podido hacer. Esa persona, que nunca supe quién fue, es a la que yo le debo lo que soy. Yo me sentía tan mal y tan avergonzada porque los dos le habíamos fallado en este proyecto, que no se me ocurrió otra cosa que proponerle escribir yo el cuento.
Al día siguiente llegué con el cuento, más escrito entre el susto y el cargo de conciencia que otra cosa. Y ese año, la UNICEF me pidió autorización para publicarlo en una antología mundial de literatura infantil. A partir de ese día hasta hoy nunca más paré de escribir. Me di cuenta de que no era la ilustración sino la palabra lo que me permitía contar lo que yo sentía, lo que me hacía reír o llorar. Yo creo que no seleccioné a la literatura en mi vida: la literatura se apoderó de mí, me puso el pie y yo me caí feliz.

-Ya que hablamos de la palabra escrita, ¿qué es, para vos, escribir?

-Para mí escribir es de alguna manera establecer contacto con lo más hondo, lo más auténtico, lo menos contaminado que hay en mí. Es establecer contacto con la María Fernanda más honesta, más verdadera y más vulnerable. También con la María Fernanda que se permite decir cualquier cosa sin el temor a ser juzgada; quizás porque escribir es el único espacio en el que puedo desnudarme sin demasiadas vergüenzas. Tal vez esto se debe a que es un trabajo muy solitario y un trabajo en el que pretendo que la palabra vaya encendiendo luces, me vaya sacudiendo, me vaya dando respuestas y me vaya planteando más preguntas.

-Como lectora, ¿cuáles son las historias que más te apasionaron?

-Yo comencé a leer muy tarde; a mí me mataron como lectora en la escuela. Y ahora lo lamento tanto, porque estoy en un proceso de regresar a esas lecturas, de pedir disculpas y de retomar libros que en su momento detesté. Pero a los once años ocurrió otro acto milagroso: me enfermé de hepatitis. El médico dijo que iba a tener que permanecer un mes en mi cuarto y a mí me pareció buenísimo porque no tendría que ir al colegio. A mí no me gustaba ir al colegio, yo era una niña extremadamente tímida, muy insegura e introvertida y el colegio era un territorio muy hostil. En ese mes, en que me pareció fantástico no ir al colegio, comencé a aburrirme en casa. Un día llegó mi tía de visita y le dejó a mi mamá un regalo para mí. Cuando lo abrí, pensé que era el peor regalo que podría haberme hecho mi tía tan amada: era un libro, Las aventuras de Tom Sawyer.
Me acerqué a él porque no me quedó alternativa, como si fuéramos los dos únicos personajes en una isla desierta. Después de leer la primera página tuve que admitir que un poquito sí me había gustado. Y cuando terminé el libro estaba enamorada de él.
En esa soledad amarillenta descubrí a Tom Sawyer, Becky Thatcher, Huckleberry Finn. Descubrí la lectura y descubrí que no estaba sola. Y paralelamente, durante esa enfermedad, descubrí mi diario y comencé a escribir historias. No eran historias que me ocurrían, porque a mí no me pasaba nada que valiera la pena ser registrado: escribía lo que no me pasaba, pero que me hubiera encantado que me pasara. Entonces escribía historias en las que yo era muy popular, muy simpática y estaba llena de amigos. La lectura y la escritura llegaron a mi vida casi al mismo tiempo.
Luego de ese primer libro, empecé a leer todo lo que llegaba a mis manos. Descubrí El pequeño Nicolás, toda la obra de Roald Dahl, a Elvira Lindo, a María Elena Walsh y hasta hoy voy conformando día a día mi biblioteca de literatura infantil con autoras maravillosas como Lygia Bojunga, Ana María Machado, Yolanda Reyes, Liliana Bodoc.

-¿Qué es lo que te atrapó de la escritura para niños?

-En realidad, nunca he pretendido escribir literatura infantil y aún ahora no lo hago. El primer cuento que escribí y publiqué se llama Gracias y es un cuento muy corto, que en el año ‘97 ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil.
Ese primer cuento, así como todos los libros que escribí después, tienen un mismo origen: parten de una experiencia adulta que necesito procesar. El cuento Gracias surge cuando a mis 27 años descubro que mi abuelo se ha puesto viejo y pronto se irá para siempre y que ese dolor no me deja vivir en paz.
Es entonces cuando pienso que mi abuelo no se puede ir sin que yo le diga todo lo que siento por él, sin que yo le confiese lo que su vida le ha dado a la mía. Y entro en un proceso angustioso para encontrar la manera justa de agradecerle. La mejor, la única manera que encuentro es escribiendo. Le digo gracias, abuelo; porque te pasaste la vida sacándome caramelos de las orejas; porque te pasaste la vida diciéndome que era la niña más linda del mundo cuando yo en realidad me miraba al espejo y me daba cuenta de que parecía un murciélago; porque te pasaste la vida engañándome, diciéndome que yo era la mejor de todas y que no importaba lo que dijera el resto.

Yo nunca he pretendido escribir para niños; éste es el único lenguaje que tengo y es, también, con el que me dirijo a ellos. No les hablo a los niños como niños y es muy probable que ése sea el motivo por el que me va bien con ellos. Creo que el lenguaje sencillo, claro y la metáfora muy amplia es lo que me permite llegar a los niños, pero también a los adultos. Y tengo dos formas de hacerlo: a través del amor y del humor, que son los únicos recursos que me han salvado la vida.

-¿Cómo surgió el libro Amigo se escribe con H?

-Es la primera novela que escribí. Cuando empecé a escribir este libro me pasó lo que le pasa a mucha gente adulta y también a muchos niños: me enamoré de mi mejor amigo y a él no le sucedió lo mismo.
No importa que cuando eso te ocurre tengas 12 ó 27 años; ocurre que en cualquier momento, esa situación te desarma y sientes que fallaste porque en ese juego estaba permitido ser amigos y no que una de las partes se enamorara. Quizás una de las formas que encontré para disimular fue el título; ponerle a H la inicial de este amigo que yo tuve, esconderlo bajo esa letra y esconderme yo también a través de la literatura.
Ésta es una novela que recoge todos mis miedos, arranca en la primera página con este diálogo entre los personajes en el que desnudan sus temores y cuando H le confiesa tener miedo a la memoria, ella no entiende nada.
Yo siempre he pensado que la única muerte que existe es el olvido, que sólo moriremos el día en que aquellos a quienes amamos nos olviden. Tal vez por eso soy escritora, porque quiero ir registrándolo todo. Entonces en esta novela aparece el miedo al olvido y también a ser olvidado. Y es una promesa de memoria que yo deseo cumplir con las personas a las que amo y es también la declaración de que necesito por favor que se acuerden de mí.

-En la novela es muy conmovedor el personaje de la abuela…

-Sí, es que el personaje más importante de mi vida, el protagonista, fue mi abuelo.
Yo recuerdo que cuando era niña la gente me preguntaba qué me gustaría ser cuando fuera grande y yo respondía “abuela”. No quería ser mamá, quería ser abuela. Y mi respuesta se debía a la felicidad inmensa que me daban mis abuelos. Creo que en la mayoría de mis libros hay un abuelo o una abuela. En Cupido es un murciélago es una abuela la que sostiene la historia. Lo que mejor me ha salido en la vida es ser nieta. Si pudiera volver a un momento de mi vida volvería a mi infancia sólo por reencontrarme con mis abuelos, sólo para decirles lo feliz que fui a su lado. A mi abuela se lo puedo decir todavía, es una mujer maravillosa de 83 años. Creo que el mundo no sería lo bonito que es si no fuera por los abuelos.

-¿Cómo vivís el encuentro con los chicos en las escuelas?

-He tenido algunas, no muchas, experiencias internacionales. Pero siempre, aunque llevo quince años escribiendo y hablando con niños, cuando llego a un país en el que no he trabajado antes aparece el miedo de no saber con qué niños me voy a encontrar o si el libro habrá resultado interesante. Pero ayer (en Argentina), desde el primer instante en el primer colegio hubo una conexión increíble con los niños.

Lo que hago en la charla es contar lo que soy, lo que fui. Un escritor es una persona absolutamente normal, a la que le ocurren cosas y, en mi caso, esas cosas se convierten en historias. Les cuento que yo era una niña muy tímida, que no tenía amigas en el colegio y a la que le aterrorizaba la hora del recreo, porque salía a caminar sola, deseando que terminara ese martirio. Les voy contando eso y los chicos se conmueven; me han pasado cosas hermosas, como una niña que se acercó para regalarme el anillo que llevaba puesto y me dijo que, así como yo les había dicho que iba por la vida coleccionando recuerdos, ella también quería quedarse con ese recuerdo y me daba el anillo para que me acordara de que estuvimos juntas. Realmente he conocido niños entrañables, maravillosos, sensibles, que no han tenido temor a decir cosas muy duras y a la vez sinceras. Niños con los que compartí momentos memorables. El intercambio de emociones ha sido tan fuerte que esta vez no se parece para nada a mi anterior visita.

-¿Cuáles son tus futuros proyectos?

-Sobre todo, seguir escribiendo. Tengo un proyecto para escribir algunos cuentos como álbumes ilustrados, cuentos que aborden temas y áreas muy vulnerables de la sociedad. Me interesa trabajar con abuelos, con niños cuyos derechos hayan sido violentados de alguna manera. Quiero hacer literatura divertida que toque temas complicados, que sacuda al lector y lo lleve a una visión distinta de la sociedad, a un cambio en su actitud, lo cual no implica de ninguna manera una literatura con mensaje. Quiero que los libros tengan un sentido más allá de la lectura, que muevan y provoquen cosas; que puedan, en definitiva, transformar a quien los lee.

Nota original de la revista Imaginaria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario